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Re-evaluando la universidad: considerando el valor de la educación superior

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Photo courtesy of: expensive111.blogspot.com

 

El estado actual de la educación universitaria parece distanciarse más y más de su propósito implícito: la educación y cultivación de un ser humano para que de la universidad parta a un mejor futuro, llenando así sus expectativas de vida complementado por un ámbito profesional en el que se desarrollará dicho ser. Se podría pensar que esto es lo que los jóvenes y personas que asisten a la universidad tienen como objetivo.

Sin embargo, durante estos dos últimos años he observado como escritores, profesores, periodistas, políticos y humanistas valientes han dejado oír sus opiniones sobre lo que actualmente se denomina educación superior.

Según algunos, ésta ha venido dejando una estela de declive académico que es muy difícil de borrar. En este momento hay que pensar dos veces si en realidad vale la pena recibir una educación universitaria de cuatro años, seguida por una maestría o un doctorado.

La universidad se ha convertido en un negocio redondo en donde muy pocos son los que se benefician y muchos son los que aportan a que este negocio siga en pie. Entre esas personas nos encontramos los estudiantes y nuestros padres con la idea de que una credencial de alguna universidad es casi obligatoria para cualquier trabajo en el que se pague un salario digno.

La idea de la universidad surgió muchos años atrás en Grecia cuando la élite griega decidió que sus hijos debían entrenarse en algo que fueran virtuosos – como bien lo decía Aristóteles “todos los seres humanos nacen con apetito de saber” – y sobre todo ganar dinero a cambio de aquel entrenamiento o educación que recibieron. La educación en ese momento no era gratuita y menos era pensado que los filósofos compartieran su sabiduría con un montón de jóvenes, así que la élite decidió crear algo exclusivo a lo que ellos solo tuvieran acceso. De este modo fundaron la universidad, una educación superior que les ayudaría a explotar aquella virtud que tenia cada uno y cultivar una mente pensante en las humanidades, los negocios o la jurisprudencia; y capaz por sobre todas las cosas de desarrollarse en un ámbito profesional.

Una consecuencia lamentable de vender el saber cómo inversión rentable es que legitima a los que exigen rentabilidad y desprecian los estudios que “no producen”.

La educación superior entonces es un negocio que ha sido explotado durante siglos y que hoy en día sigue juntando a las élites, pero que de alguna u otra manera se deja mostrar comprensiva con los menos favorecidos económicamente con esto de la llamada “ayuda financiera”, que más que ayuda misma se podría pensar que es una deuda necesaria.

Llegar a la universidad no es lo más difícil, puesto que para tener acceso a un campus determinado muchas veces sólo hace falta tener ganas de estudiar y deseo de aprender. Pero si se tienen en cuenta los costos educativos ya dentro de las aulas es otra cuestión totalmente distinta. Porque el mantenerse en una universidad de cuatro años debido a los costos tan elevados de libros, comida, transporte, y en sí todo lo que representa la manutención dentro de la universidad, son cifras que parecen irrisorias.

Ahora que con las ayudas financieras es más la gente que desiste de la idea de esta educación y opta por otros caminos, por un lado. Por otro lado está el ámbito académico e intelectual que no corresponde a los costos y al pensamiento inicial de la universidad.

En Estados Unidos más de 16 millones de estudiantes asistieron a la universidad y a community colleges (escuelas técnicas municipales), de los cuales menos del 50% está desempeñando su profesión, de acuerdo con Richard Vedder, escritor de The Chronicle of Higher Education. Los estudiantes que no desempeñan su profesión están en trabajos que requieren habilidades básicas y muchos de ellos ya graduados y con certificados posgrados no han visto recompensado lo invertido en su educación.

Ese estado de situaciones y cosas afecta de manera directa las universidades en el sector público como documentó el meticuloso y no optimista estudio de Gaye Tuchman, Wannabe U: Inside the Corporate University. Desde la década de 1970, la educación superior pública ha dejado de ser considerada una responsabilidad cívica y se ha convertido en otra especie muy distinta de entidad.  James Duderstadt, presidente de la Universidad de Michigan entre 1988 y 1996, describió crudamente la tendencia durante su mandato: “Solíamos ser apoyados por el Estado, después asistidos por el Estado y ahora en estado de crisis”. Tiene toda la razón ya que hoy en día la Universidad de Michigan recibe el 8% del presupuesto del Estado.

En vista de este panorama las universidades no tienen otra opción más que funcionar como empresas y formar alianzas corporativas. Mientras el costo de una computadora ha bajado extraordinariamente en medio siglo, el costo de una hora de clase en la universidad no ha bajado: ha subido. Sin dejar de lado que de igual manera sube la carga del gasto educativo en el presupuesto familiar y social, Lo cual está llevando hasta los países ricos a ver con otros ojos el gasto en la educación superior.

Los títulos universitarios dan ingresos bastante privilegiados cuando permiten excluir. Pierden esa ventaja competitiva cuando se multiplican los graduados. Para no perderla no hay que quedarse solo con la licenciatura: sacar una maestría; y no quedarse en la maestría: sacar un doctorado; y no quedarse en el doctorado: hacer estudios pos-doctorales. La espiral sigue y sigue. El punto es que no se puede privilegiar a todos sin hacer que el privilegio deje de serlo. ¿Si el 100% de la población tuviera un Bugatti que diferencia habría? Si el 100% de la población tuviera educación superior todos tendrían esa ventaja y a la vez nadie la tendría. Un taxista con un doctorado puede ser más ameno, pero no logrará que avance más rápido. Por eso hay que resignarse por ahora al negocio de los títulos universitarios. Pero no que el negocio arruine lo principal: el apetito de saber.

Escrito por Juliana Olarte

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